El zapato misterioso...

El zapato estaba tirado en la avenida principal de aquel pobre pueblo escondido en el monte. Era un zapato cuya extraña forma atraía y repelía a cuanta persona pasaba a su lado. Nadie podía asegurar si era un zapato para hombre o para mujer. Su grueso tacón daba indicios de que tenía dueño, pero la suave curva de los lados gritaba: ¡mujer, mujer!, sin lugar a dudas.

Así que, desde el primer momento cada uno de los habitantes del pueblito se acercó a examinar aquel extraño objeto, según ellos para asegurarse que no les pertenecía (cosa que ya sabían) pero la verdadera razón era mucho más importante, era necesario averiguar quién había dejado aquel raro objeto en plena vía pública.

Aquello no era cosa de niños, era algo serio, pues la información que se recabara serviría para completar (y aumentar) el chisme que andaba ya de boca en boca.

Ha de hacerse notar que aun en aquel pueblo lejano existían personas que se especializaban en resolver dichos asuntos, nada mejor que un chismoso para resolver un misterio de ese tipo, pues escarbaban hasta en la basura de los demás. Y ahora, éstos declaraban no poder resolver el misterio.

¡Santo Dios! Que los especialistas en chismologìa se declararan incapaces de averiguar el santo y seña del dueño del zapato era una señal que no esperaban recibir jamás. Era una señal del fin de los tiempos.

Sin embargo, un patojo chispado sugirió una nueva hipótesis, para algunos mucho peor. ¿Y si el dueño del zapato fuera un infiltrado? Aquella comunidad había llegado a cierto nivel de autosuficiencia y el contacto con los pueblos vecinos se daba muy rara vez. La dizque carretera no servía tampoco para viajar cómodamente. Ésta había sido inaugurada mucho tiempo atrás, tan atrás que ya todos los testigos de tan magno acontecimiento habían hecho su último viaje… al cementerio detrás de la iglesia.

Así que todos detestaban el viajecito a las vecindades porque la famosa carretera se había resquebrajado a los tres meses de inaugurada y la hierba comenzó a crecer libremente entre los pedazos. ¡Qué mantenimiento ni qué ocho cuartos!, mejor utilizaban las trochas que les ayudaban un poco más en el viaje agotador.

Tan escondido había quedado el pueblo desde entonces que, si no era fácil salir de él, mucho más imposible era llegar. Un dicho popular en el pueblo afirmaba que llegaba alguien cada vez que se moría un burro, o sea nunca. Por eso todos se asustaron al escuchar la nueva teoría sobre aquel bendito zapato.

Se reunieron, entonces, en asamblea general para decidir lo que harían al respecto. No era que odiaran a los extraños, simplemente no les gustaba el hecho que alguien llegara callandito, callandito y se estableciera entre ellos sin avisar… ¡aquí reinaba la democracia, si! … pero la democracia tenía sus reglas.

Luego de una exhaustiva y maratónica reunión, se decidieron por la técnica “cenicienta”, le probarían el zapato a todo el pueblo. Convocarían a todos los habitantes, hombres y mujeres, jóvenes y viejos para tal evento, ¡ah! y se lo probarían en ambos pies ya que tan extraño era el adminículo que no permitía asegurar si era para pie izquierdo o derecho… y, de esa forma, resolver de una vez por todas aquel misterio que ya los estaba cansando.

Todos acudieron en masa a la mentada reunión para demostrar su inocencia en aquel hecho misterioso. Con el paso de los días, todos habían perdido la calma y, peor aún, la confianza en el vecino y eso era intolerable.

Cuando el último habitante trató de calzarse el zapato y fue imposible, un silencio sepulcral invadió el lugar. Fue entonces que, no sabiendo nadie que hacer, escucharon unas carcajadas.

El panadero del lugar estaba doblado de risa, de tal forma que todos a su alrededor se asustaron, creyendo que le estaba dando un ataque. Pero no, al fin de tantas se calmó y pudo explicarles la razón de su risa.

Contó que había comenzado a hacer zapatos, aprendiendo poco a poco, como un pasatiempo. Aquello le divertía y le sacaba un poco de la rutina. Un día, cuando el pasatiempo también se había vuelto rutinario, decidió improvisar y el resultado fue el dichoso zapato, fuente de los desvelos del pueblo.

La mañana del hallazgo, había decidido visitar a un amigo y llevaba el zapato consigo para mostrárselo pero se le cayó sin que se diera cuenta. Cuando quiso recuperarlo fue muy tarde pues lo habían descubierto.

Cuando la población, indignada, le reclamó el no haber dicho nada desde el principio, el hombre sonriendo ampliamente indicó que quiso ver hasta donde llegaba la curiosidad y chirmolerìa del pueblo con un incidente tan insignificante como aquel. El resultado del experimento fue que, como decía el dicho, se habían ahogado en un vaso de agua.

El pueblo, entonces, volvió a la normalidad; no sin comentar en voz baja la decepción que sufrieron al darse cuenta que el dichoso misterio no era más que una broma de mal gusto del panadero. Una broma hecha sin pensar, pero broma al fin y al cabo.

Increíblemente, los habitantes de aquel pueblo lejano no dejaron de añorar el incidente del zapato y en sus oraciones incluyeron una solicitud especial: manda otro zapato, Señor.

Comments

Goathemala said…
¡Fabuloso! Mándanos otro zapato, Señor, que nos saque de la rutina y que nos de pie al chisme.

Amiga, me encantó de inicio a final...
Una pregunta, ¿originó el relato esa foto de atrás en el que se veía un zapato "abandonado" en media calle?
Fiamma said…
Amigo Goathemala.... que comes que adivinas? ;)

Precisamente ese zapato me dio la idea... !!!

¡Saludos!
Joss said…
Hasta que un panadero haga el zapato para que un pueblo no se aburra, o quizás..., bueno, pero sin burros, ¿para qué?

DTB

PD: Ha più vita l'ombra che nasce delle fiamma?
Fiamma said…
Hola Joss!!!

Gracias por tu visita... y por tu comentario!!! ;)