Era la última rosa y todos lo sabían. Decenas de ojos hambrientos estaban fijos en aquella bella flor que equivalía a un “te quiero” o un “me gustas”. Tus ojos también miraban en aquella dirección. Tú, que siempre diste a entender que no te importaban aquellas cosas, aquellas nimiedades. Ese día, sin embargo, algo en tu interior había cambiado y tus ojos lo proclamaban a los cuatro vientos. ¿Te habrías contagiado del sentimiento falso del Día del Cariño? No, no lo creía. Y allí estaba yo, frente al maestro que, encargado del stand, sonreía beatíficamente esperando mi solicitud. Aquel hombre ya estaba harto de la sensiblería y cursilería de aquella dizque celebración. ¿Día del amor? ¡Ja! Artificialidad que cubría el desprecio que recorría a diario los pasillos del colegio. Mi mente trataba de decidir lo que haría a continuación. Tu mirada penetraba mi espalda. Sabía que esperabas aquella rosa, la confirmación de todo cuanto habíamos vivido hasta ese momento: insinuaciones, bromas e...